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El Arte y la Cultura, en el Cambiante México del Nuevo Siglo

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Jesús Hernández Garibay*

El México de nuestros días vive cambios en todas las esferas de su vida no sólo económica sino a la vez social y cultural. Ese nuevo entramado es consecuencia de transformaciones en la estructura social de los últimos cincuenta años, modificada por continuas crisis, creciente desigualdad social, sectorial y regional, nuevos vientos en el sistema político, la relación campo-ciudad y la inserción internacional de la nación, entre otros aspectos. La metamorfosis de un arcaico país rural, en otro pujante y urbano, altera los comportamientos familiares y las pautas de la vida cotidiana, la cual se ve hoy influida por la revolución de las comunicaciones que pone al alcance al mundo entero, hasta en las recámaras.

Desde el último tercio del siglo XX los cambios en el panorama nacional y mundial, pero sobre todo una mayor educación y más amplia participación de los mexicanos en un vasto panorama en el que la pobreza y el hambre obligan a tener que interesarse cada vez más por lo que pasa, inciden en las representaciones culturales del país. En el seno familiar cambian los roles, exhibiendo una nueva problemática que impacta las tradicionales relaciones entre la mujer y el hombre; los problemas y las costumbres comparten espacios virtuales y descolla la exigencia de un mayor respeto a la diversidad. La misma desigualdad social promueve esa diversidad al mezclarse de manera profunda con el quehacer cultural y artístico del México contemporáneo.

Resultado de este nuevo momento, las manifestaciones de la cultura cambian y se expresan en insólitas referencias a una renovada modernidad, de ancestrales lazos con aquella lujuriosa de fines del siglo XIX que da lugar a nuevas manifestaciones literarias, en aquellos tiempos exóticas, individualistas, refinadas, artificiales y hasta afrancesadas, pero que abren el camino cosmopolita hacia el XX y luego ecléctico para la posterior obra creadora del vanguardismo, en un México distinto ahora ya en este XXI al de anteriores décadas, donde la gente alerta la conciencia en una ciudadanización sin precedente, y surgen desde el fondo de la contracultura, amasadas por jóvenes generaciones de fértiles movimientos y lozanas visiones, inéditas formas de entender el quehacer del arte contemporáneo, en el mundo de los grafitis…, en el del teatro callejero…, en el de híbridas danzas contemporáneas...

Un nuevo cine mexicano despunta, reflejando como jamás antes con tanto realismo y crudeza el caos moral de nuestras ciudades. Y nuevas revelaciones dejan sentir tendencias antes relegadas por los cánones exquisitos del puritanismo elitista, con la incidencia de esa cultura antes subterránea en la expresión rockera, los ritmos afroantillanos, la banda musical o la música criolla. Pero es aquí donde apenas comienza el recobro a los rizomas culturales, el mestizaje llevado hasta sus últimas consecuencias, la apertura conceptual y creadora, la pureza de los contenidos a la vez que la mezcla de las formas, el atributo de las particularidades y la riqueza de la diversidad, en la música, en la plástica o en la dramaturgia.

La joven artista experimenta la pintura por medio de la música y viceversa; la joven compañía de danza destaca junto a cantos georgianos en un mismo espectáculo el bolero cubano de Toña la Negra, los versos de Francisco de Quevedo y las películas de María Novaro; la joven banda municipal india nos recuerda la inmortal “Yesterday” de Los Beatles; chavos roqueros y punks de comunidades indígenas utilizan el rock como manifestación de rebeldía por la dignidad; mientras una joven escultora llama a su obra: Embarrada... Pero Tal Cual Soy, los demonios de Ocumicho, elaborados por artesanos michoacanos también con barro, hablan del eje del mal, de Bin Laden y del Sup Marcos.

Así la vida se cuenta, se moldea, se pinta y se canta, se captura en las páginas impresas o virtuales, en las imágenes fotográficas. Total, de lo que se trata es de asumir la juventud y el arte, el que da, el que enseña, el que ofrece, el que comparte el artista con otros y consigo mismo. Porque el arte es, como se ha dicho, ni más ni menos que la neta celestial, una de las mejores excusas que tenemos para vivir, mientras que un artista es un ser privilegiado que toma de la vida misma la inspiración para recrearla.

Pero hay que aclarar, a propósito de lo que nos reúne, el siguiente elemento práctico: ¿Qué o quién hace el arte y la cultura? ¿Qué o quién es el artista? La cultura en México, ese complejo proceso que sugiere el estado actual y alcance en el tiempo de nuestra civilización, sin ninguna duda la hacemos todos, nuestros padres y nuestros hijos, nuestras mujeres y nuestros hombres, con sus comportamientos y sus conductas espontáneas y dirigidas, mediante la construcción diaria del mundo en los más diversos ámbitos de su actividad humana práctica y espiritual.

Lo curioso, lo interesante es que respondiendo al signo de la época en el cual la gente y su entorno, su mundo y su diversidad se imponen culturalmente, donde refrendan muchas de sus tradiciones y costumbres, aunque en insólitas circunstancias que exhiben con ímpetu la presencia de innovadoras fuerzas sociales, muchos jóvenes artistas exhiben un más fresco talante, mayor irreverencia y menor ingenuidad para entender la vida; porque responden a la exigencia del cambio del siglo, un siglo de la gente que espera de esos jóvenes una representación más fiel de su naturaleza humana y del universo que les rodea, de su común condición lo mismo que de la riqueza de su pluralidad.

Julio de 2008.


*Psicólogo, sociólogo y periodista. Académico de la UNAM.

 
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